Inteligencia artificial en salud mental ¿solución o riesgo?

El aumento de las dificultades relacionadas con la salud mental se ha vuelto alarmante a nivel mundial. Según la Organización Mundial de la Salud, el año pasado, una de cada ocho personas vivía con una condición de salud mental, lo que representa aproximadamente 970 millones de individuos, un incremento en comparación con los 900 millones del año anterior.
El apoyo a estos trastornos ha crecido notablemente. El mercado global de la salud mental fue valorado en más de 450 mil millones de dólares el año pasado, y se proyecta que esta cifra alcanzará los 623 mil millones de dólares para 2032.
La tecnología, en particular la inteligencia artificial, está tomando un papel protagónico en este contexto, con decenas de miles de aplicaciones que buscan personalizar respuestas para aquellos que buscan ayuda. Sin embargo, este avance también trae consigo preocupaciones sobre la privacidad y la posibilidad de diagnósticos erróneos.
La profesora de psicología clínica Bethany Teachman, quien dirige el Programa de Ansiedad, Cognición y Tratamiento en la Universidad de Virginia, ha destacado los beneficios potenciales de las herramientas de IA, aunque advierte que su regulación es fundamental para evitar riesgos.
Teachman ha declarado que existe evidencia que respalda la eficacia de herramientas digitales, particularmente aquellas que incorporan principios de terapia cognitivo-conductual, que en algunos casos pueden ser tan efectivas como la atención presencial. Sin embargo, señala que el uso de estas herramientas debe ser cuidadoso.
Para abordar adecuadamente los problemas de salud mental, Teachman sugiere que las tecnologías pueden ser apropiadas para casos menos severos, pero las situaciones más complejas o graves deben ser atendidas en persona. Cree que una combinación de ambas modalidades podría resultar transformadora.
Teachman también señala que, en medio del aumento de las solicitudes de atención tras la pandemia de COVID, es crucial considerar modelos innovadores para aumentar el acceso a la atención de salud mental. Su investigación se enfoca en el papel que el pensamiento sesgado juega en los trastornos de ansiedad.
Sin embargo, plantea interrogantes éticos sobre el uso de chatbots de IA, indicando que se deben garantizar su seguridad y una regulación adecuada. Si se logran estos estándares, las herramientas digitales podrían mejorar considerablemente el acceso a la atención.
Además, Teachman advierte sobre los riesgos para la confidencialidad de los pacientes, enfatizando la necesidad de regular el uso de datos sensibles. Para mitigar estos riesgos, su equipo ha optado por utilizar versiones offline de herramientas digitales, sin cargar información personal.
Finalmente, con el cinco por ciento de los adultos a nivel mundial sufriendo de depresión y el cuatro por ciento enfrentando ansiedad, Teachman argumenta que los desafíos de atender a cerca de mil millones de personas con estas condiciones indican que la tecnología debe formar parte de la solución.
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